La observación de una lluvia de estrellas fugaces desde arriba, desde el espacio, es algo poco común. Sin embargo, la astronauta Jessica Meir logró fotografiar las Líridas desde la Estación Espacial Internacional (ISS). Su imagen muestra una multitud de estelas luminosas paralelas atravesando la atmósfera terrestre vista desde arriba, una perspectiva totalmente diferente a la que tenemos desde el suelo. Este fenómeno anual nos recuerda que nuestro planeta es constantemente golpeado por polvo cometario.
Estas Líridas son un enjambre de meteoros activo cada año en abril. Su origen se remonta al cometa C/1861 G1 Thatcher, descubierto en 1861. Este cometa tarda cientos de años en dar la vuelta al Sol, dejando tras de sí un reguero de escombros. Cuando la Tierra atraviesa esta estela, las partículas se queman en la atmósfera a gran velocidad, produciendo las estelas luminosas que llamamos estrellas fugaces.
La astronauta Jessica Meir capturó esta imagen de las Líridas desde la Estación Espacial Internacional.
Crédito: NASA/Jessica Meir
La imagen tomada por Meir ofrece un punto de vista único: se ven los meteoros por debajo de la línea del horizonte. La atmósfera terrestre es increíblemente delgada, pero lo suficientemente espesa para que una pequeña partícula llegada del espacio se encienda al atravesar sus capas superiores. Desde la ISS, los astronautas pueden observar este espectáculo como un recordatorio de la fragilidad de nuestro entorno.
La composición de las Líridas es simple: son fragmentos de polvo y hielo liberados por el cometa Thatcher. Cada año, nuestro planeta atraviesa esta nube de escombros, y las partículas entran en la atmósfera a aproximadamente 49 km/s. Su rápida combustión crea estelas brillantes, visibles a simple vista con cielo despejado. El pico de actividad se produce generalmente el 21 y 22 de abril, con unos quince meteoros por hora.
Para observar las Líridas desde el suelo, basta con alejarse de las luces de la ciudad y mirar hacia la constelación de la Lira, de donde parecen provenir. No hace falta equipo: una tumbona y un poco de paciencia son suficientes. La astronauta Meir, por su parte, tuvo la suerte de ver el fenómeno desde su puesto de observación a 400 km de altitud, una experiencia que pocas personas comparten.
Fuente: NASA