Adrien - Lunes 16 Febrero 2026

🧪 Una galaxia vecina repleta de precursores de la vida

En los entornos más inhóspitos del cosmos, los ingredientes necesarios para la emergencia de la vida logran formarse.

Gracias al telescopio espacial James Webb, un equipo ha escrutado el núcleo de una galaxia llamada IRAS 07251-0248, relativamente cercana a nosotros. Esta región, normalmente oculta por inmensas cantidades de polvo y gas, pudo ser analizada, revelando su composición química.


Imagen en falsos colores de la galaxia IRAS07251-0248 obtenida por el JWST.
Crédito: Mikulski Archive for Space Telescopes, Space Telescope Science Institute, Association of Universities for Research in Astronomy, Inc., NASA.

Para este estudio, los investigadores utilizaron dos herramientas específicas del telescopio, capaces de detectar la luz infrarroja. Esta longitud de onda atraviesa fácilmente las nubes de polvo, lo que permite estudiar zonas hasta ahora invisibles desde la Tierra. Los datos recopilados ofrecieron así una vista detallada del gas y los materiales presentes en el corazón de esta galaxia.


El análisis puso en evidencia una impresionante diversidad de pequeñas moléculas orgánicas. Entre ellas, se encuentra benceno, metano y varios tipos de acetileno. Estos compuestos carbonados son considerados como pasos preliminares hacia la formación de moléculas más elaboradas, aquellas que son esenciales para los procesos biológicos.

La riqueza química observada supera ampliamente las predicciones de los modelos teóricos actuales. Según los científicos, esto indica que un mecanismo activo produce continuamente estas moléculas. Piensan que partículas muy energéticas, los rayos cósmicos, podrían fragmentar granos de polvo más grandes, liberando así los pequeños compuestos orgánicos.

Este descubrimiento indica que los núcleos galácticos muy oscurecidos podrían servir de fábricas de moléculas orgánicas. Tales regiones podrían luego enriquecer químicamente su entorno, ofreciendo condiciones propicias para el desarrollo de la química prebiótica en el espacio.

El trabajo, publicado en la revista Nature, abre el camino a nuevos estudios sobre el origen y la evolución de las moléculas carbonadas en las galaxias.

El poder del infrarrojo


El telescopio espacial James Webb (JWST) observa principalmente el Universo en el infrarrojo, una luz que nuestros ojos no ven. Esta capacidad es valiosa porque muchos objetos cósmicos, como las nubes de polvo, bloquean la luz visible pero dejan pasar el infrarrojo. Utilizando esta longitud de onda, el JWST puede ver a través de obstáculos que antes ocultaban regiones enteras del cielo.

Los instrumentos a bordo, como NIRSpec y MIRI, están especialmente diseñados para analizar esta luz. Dividen la radiación infrarroja en diferentes colores, como un prisma, lo que permite identificar las moléculas presentes. Cada tipo de molécula absorbe o emite luz en longitudes de onda específicas, creando una firma única que los astrónomos pueden decodificar.


Esta técnica, llamada espectroscopia, proporciona información detallada sobre la composición química, la temperatura y la densidad del gas y el polvo. Transforma así una simple imagen en un mapa rico en datos, revelando procesos ocultos en el corazón de las galaxias o en las nubes donde nacen las estrellas.

Gracias al infrarrojo, el JWST explora entornos extremos, desde guarderías estelares hasta núcleos galácticos polvorientos. Subsana así lagunas en nuestra comprensión de la formación de estrellas y planetas, así como de la distribución de los elementos esenciales para la vida en el cosmos.

Fuente: Nature
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