¿Y si la clave para vivir más tiempo fuera simplemente dormir bien? Un nuevo estudio ofrece una perspectiva sorprendente al colocar la duración del sueño a la cabeza de los comportamientos que parecen influir en nuestra esperanza de vida.
Para llegar a esta conclusión, un equipo de investigadores examinó los datos de salud pública de los Estados Unidos a lo largo de varios años. Luego compararon la esperanza de vida media en cada condado con los hábitos de sueño de los habitantes, lo que reveló un vínculo sólido entre la cantidad de sueño y la longevidad.
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Los datos analizados muestran que la falta de sueño está asociada de manera más marcada con una vida más corta que otros factores como la alimentación o la actividad física. En realidad, solo el tabaquismo presenta una conexión aún más fuerte con la mortalidad. Los científicos se sorprendieron por la magnitud de este vínculo, que observaron de manera constante cada año y en la mayoría de las regiones.
En el marco de este trabajo, se definió un sueño suficiente como una noche de al menos siete horas. El equipo precisa que, aunque los mecanismos exactos aún no están todos dilucidados, el sueño juega un papel reconocido en la salud cardíaca, las defensas inmunitarias y el funcionamiento del cerebro.
Los autores del estudio, publicado en
SLEEP Advances, consideran que este trabajo invita a considerar el descanso nocturno con la misma importancia que el ejercicio o una buena alimentación. También recuerdan que el sueño no es una opción que se pueda posponer, sino una necesidad biológica fundamental.
¿Por qué siete horas de sueño?
La recomendación de siete a nueve horas de sueño por noche se basa en décadas de investigación en fisiología. Los organismos de salud, como la American Academy of Sleep Medicine, han establecido esta duración basándose en las necesidades promedio observadas en los adultos para una recuperación óptima.
Durante el sueño, el cuerpo atraviesa diferentes ciclos, incluyendo el sueño profundo y el sueño REM. Cada fase tiene su utilidad: el sueño profundo es particularmente indispensable para la reparación de los tejidos y el fortalecimiento de las defensas inmunitarias, mientras que el sueño REM está relacionado con la consolidación de la memoria y el procesamiento de las emociones.
Un tiempo de descanso crónicamente inferior a siete horas impide que el cuerpo complete suficientemente estos ciclos. Puede resultar en un déficit acumulativo, a veces calificado como 'deuda de sueño'. Las consecuencias son entonces múltiples: disminución de la vigilancia, alteraciones del estado de ánimo y, a largo plazo, aumento de los riesgos para la salud metabólica y cardiovascular.
Cabe señalar que las necesidades individuales pueden fluctuar ligeramente. Algunas personas se sienten descansadas con un poco menos de siete horas, otras con un poco más. El objetivo es encontrar la duración que permita despertarse de forma natural, sin alarma, y mantener un buen nivel de energía a lo largo del día.
El sueño, un regulador de salud invisible
El sueño orquesta el funcionamiento de numerosos sistemas del organismo. Su papel va así mucho más allá de la simple noción de descanso. Al llegar la noche, el cuerpo aprovecha este período de calma para realizar operaciones de mantenimiento y regulación indispensables.
Uno de los procesos principales concierne la regulación hormonal. La producción de ciertas hormonas, como la del crecimiento o la insulina, está estrechamente ligada a los ciclos del sueño. Un descanso de mala calidad puede así alterar la glucosa en sangre y favorecer el aumento de peso. De la misma manera, el sistema que controla el apetito se desequilibra, lo que puede amplificar la sensación de hambre.
El cerebro también aprovecha este período para limpiarse. Un mecanismo denominado sistema glinfático se activa principalmente durante el sueño profundo para evacuar los desechos metabólicos acumulados en el tejido cerebral durante el día. Esta 'limpieza' es esencial para preservar las funciones cognitivas a largo plazo.
Por último, el sueño ejerce un efecto directo sobre el sistema cardiovascular. Induce una bajada natural de la presión arterial y del ritmo cardíaco, otorgando así un período de descanso al corazón. Las noches regularmente demasiado cortas privan al organismo de esta pausa reparadora, lo que puede contribuir al desarrollo de problemas a largo plazo.
Fuente: SLEEP Advances