Desde la Antigüedad, pensadores atribuyen las matemáticas, y en particular la geometría, a una facultad propiamente humana. Sin embargo, un análisis reciente muestra una raíz mucho más antigua y común a los seres vivos.
Durante mucho tiempo, filósofos como Platón o Kant debatieron sobre los fundamentos de la geometría. No fue hasta el siglo XX que los científicos pusieron a prueba estas ideas experimentalmente. Entonces surgieron varias teorías, relacionando esta aptitud con estructuras mentales específicas. Algunas proponen la existencia de un "lenguaje del pensamiento", compuesto por sistemas internos especializados.
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En este enfoque clásico, la geometría se basaría en un módulo cognitivo innato. Este contendría nociones como el paralelismo o la perpendicularidad. Estos conceptos permitirían luego construir razonamientos más complejos. Tal visión sitúa al ser humano aparte, como el único capaz de manipular estas abstracciones.
Pero Moira Dillon, psicóloga de la Universidad de Nueva York, propone otra lectura. En un análisis publicado en
Trends in Cognitive Sciences, cuestiona la idea de un módulo exclusivamente humano. Según ella, los fundamentos de la geometría provendrían más bien de mecanismos relacionados con la navegación.
Trabajos acumulados durante varias décadas muestran que muchos animales se orientan con eficacia. Ratas, gallinas o peces evalúan distancias y direcciones sin aprendizaje formal. Incluso son capaces de anticipar trayectos simulando mentalmente sus desplazamientos. Estas capacidades movilizan una forma de geometría aproximada.
Este enfoque, bautizado como "hipótesis de los vagabundos", explica que el pensamiento geométrico deriva de la orientación en el espacio. No reproduce perfectamente la geometría euclidiana, pero captura algunos aspectos esenciales de ella. Incluso los bebés muestran una sensibilidad precoz a las formas y las distancias.
Los experimentos indican que estas competencias aparecen sin enseñanza. Serían heredadas de la evolución, por ser indispensables para la supervivencia. Desplazarse, encontrar un refugio o alimento exige una representación espacial fiable. Esta base sería común a muchas especies.
Queda por entender lo que distingue al humano. Dillon sostiene que la diferencia mayor reside en el lenguaje. No un lenguaje matemático especializado, sino la lengua ordinaria. Esta permitiría movilizar estas intuiciones espaciales en situaciones abstractas.
Gracias al lenguaje, el humano puede manipular mentalmente formas sin moverse. Puede razonar sobre figuras, resolver problemas y transmitir conceptos. Esta capacidad transformaría una competencia de navegación en una herramienta intelectual avanzada.
El análisis se apoya también en estudios interculturales y en la inteligencia artificial. Sistemas como AlphaGeometry hacen intentos por reproducir estos mecanismos.
Esto indicaría por lo tanto que la geometría humana sería una extensión de aptitudes más antiguas, amplificadas por el lenguaje.
Fuente: Trends in Cognitive Sciences