¿Un cerebro grande te vuelve más inteligente? Un estudio publicado en
PNAS ofrece una respuesta matizada en las abejas. Al probar su capacidad para asociar olores con una recompensa, los científicos muestran que los individuos con lóbulos olfativos más desarrollados aprenden mejor. Un rendimiento que podría mejorar su eficiencia de recolección.
Un cerebro diminuto pero capacidades impresionantes
Si la cuestión del tamaño del cerebro y sus capacidades cognitivas es tan antigua como el mundo, aún no ha encontrado una respuesta satisfactoria en la comunidad científica. Contrariamente a la creencia popular, un cerebro más grande no es necesariamente sinónimo de un mejor rendimiento cognitivo. Esta regla se aplica tanto a las computadoras como a los seres vivos.
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Los insectos son la prueba, ya que a pesar de sus cerebros diminutos (a menudo más pequeños que un grano de sémola) son capaces de comportamientos notablemente complejos: resolución de problemas, aprendizaje, comunicación simbólica u optimización de rutas en largas distancias. Estas capacidades dependen menos del tamaño total del cerebro que de la organización fina de sus circuitos neuronales.
Diferencias individuales que importan
Incluso dentro de una especie, los individuos no son idénticos. En la abeja doméstica (
Apis mellifera), existen variaciones naturales en el tamaño del cerebro.
Al analizar cerca de 1500 individuos, los científicos demostraron que estas diferencias influyen en el rendimiento del aprendizaje. Las abejas fueron condicionadas a asociar un olor con una recompensa dulce: aquellas con las cabezas más grandes tienen más éxito, independientemente de la dificultad de la tarea.
Estos resultados muestran que algunas abejas son naturalmente más eficientes para aprender señales olfativas, una ventaja crucial para localizar flores y comunicarse dentro de la colonia.
El papel clave de los lóbulos olfativos
Para comprender el origen de estas diferencias, los científicos reconstruyeron en 3D el cerebro de algunas abejas mediante rayos X.
El resultado es claro: el mejor rendimiento de aprendizaje no está asociado al tamaño total del cerebro, sino al volumen de los lóbulos olfativos, estructuras ubicadas debajo de las antenas y especializadas en el procesamiento de olores.
Esta observación se confirmó en el abejorro (
Bombus terrestris), lo que sugiere que este vínculo entre la estructura cerebral y el aprendizaje olfativo podría estar extendido entre los insectos.
Si bien este estudio no proporciona una respuesta definitiva sobre un vínculo de causa y efecto entre el tamaño del cerebro y la inteligencia general de un animal, indica vínculos entre tareas cognitivas específicas (aquí el aprendizaje de olores) y áreas bien definidas del cerebro (los lóbulos olfativos).
Estos vínculos son potencialmente múltiples y diferentes según las operaciones cognitivas, lo que podría explicar por qué algunos individuos son eficientes en ciertos comportamientos y menos en otros. Esta variabilidad es bien conocida en todo el reino animal, desde los insectos hasta los humanos, y contribuye a caracterizar las personalidades animales.
Fuente: CNRS INSB