En las redes sociales, una afirmación reaparece con regularidad: el cerebro humano no alcanzaría su madurez hasta los 25 años. Si esta idea simplificada se difunde a menudo, en realidad oculta la sutileza de los conocimientos neurocientíficos actuales.
Esta creencia de una detención del desarrollo a los 25 años tiene sus raíces en trabajos de imágenes cerebrales de los años 1990 y 2000. Estas investigaciones, publicadas en revistas como
Nature, revelaban una disminución del volumen de materia gris en la adolescencia, relacionada con una poda de las conexiones neuronales poco utilizadas. Como los datos se detenían frecuentemente hacia los 20 años, la edad de 25 años se impuso luego en el imaginario colectivo como un umbral conveniente, aunque los científicos nunca hablaron de un límite estricto.
Imagen de ilustración Pixabay
Trabajos más recientes, basados en el examen de miles de imágenes cerebrales, muestran que el órgano continúa transformándose mucho después de esa edad. Así, un estudio publicado en 2025 en
Nature Communications presenta un nuevo análisis. Puso en evidencia una fase calificada como "adolescente" que se extiende de los 9 a los 32 años, donde la arquitectura cerebral permanece particularmente maleable.
A lo largo de este extenso período, el cerebro pone en marcha dos mecanismos complementarios. Primero especializa ciertas áreas para funciones determinadas, como la organización de pensamientos vinculados. Paralelamente, establece conexiones rápidas entre estas regiones para asegurar un intercambio de información eficiente. No es sino alrededor de los treinta años que esta organización se fija en una configuración representativa de la edad adulta.
La eficiencia de esta red interna, evaluada por un parámetro denominado "small worldness", constituye un indicador pertinente de la edad cerebral. Se puede asimilar a una red de transporte que ganaría en rendimiento, con menos transbordos necesarios para unir dos destinos. El cerebro optimiza de esta manera sus circuitos para procesar datos cada vez más elaborados hasta aproximadamente los 32 años, antes de consolidar las vías más frecuentadas.
Esta plasticidad persistente representa una oportunidad para modelar activamente las aptitudes cerebrales. Prácticas como un ejercicio físico intenso, la adquisición de nuevos idiomas o la práctica de juegos que requieren estrategia pueden apoyar esta adaptabilidad. Por el contrario, un estrés prolongado puede ralentizarla. Así, no existe una fecha ideal de madurez cerebral, sino un proceso de construcción que se extiende a lo largo de varias décadas, donde nuestras experiencias influyen directamente en la arquitectura última de nuestra mente.
Materia gris y materia blanca: los dos componentes del cerebro en desarrollo
El órgano cerebral se describe habitualmente según dos grandes categorías de tejidos que se transforman de manera diferente. La materia gris, formada por los cuerpos celulares de las neuronas, constituye el principal lugar del procesamiento de la información. Durante la infancia y la adolescencia, su volumen crece y luego disminuye ligeramente durante un fenómeno de poda sináptica, donde las conexiones neuronales poco utilizadas se eliminan para aumentar la eficiencia.
La materia blanca, por su parte, se compone de largos axones envueltos en mielina, una sustancia aislante. Estos axones actúan como cables que aseguran una transmisión rápida entre las diferentes zonas de materia gris. Mientras que la materia gris se reorganiza relativamente pronto, la materia blanca ve su calidad y su disposición mejorar gradualmente durante un período mucho más largo, hasta el inicio de la edad adulta avanzada.
Esta maduración progresiva de la materia blanca es fundamental. Permite acelerar los intercambios entre regiones cerebrales distantes, lo que facilita la coordinación de múltiples pensamientos, la toma de decisiones rápida y la gestión de las emociones. El desarrollo no es, por consiguiente, uniforme: si ciertas estructuras se vuelven operativas precozmente, el cableado que las interconecta se perfecciona durante muchos años.
Comprender esta dualidad ayuda a entender por qué las capacidades cognitivas se modifican durante un período tan largo. El rendimiento general del cerebro depende menos del número de neuronas que de la calidad de los vínculos que las unen, una red que continúa definiéndose mucho más allá de los veinte años.
Fuente: Nature Communications