Los antibióticos, pilar de la medicina moderna, revelan una influencia que va más allá de la lucha contra las infecciones. Un estudio reciente revela un vínculo entre su uso y nuestra salud mental.
Los científicos se interesaron por las modificaciones de la microbiota intestinal y sus repercusiones en el sistema nervioso. Sus trabajos, realizados en roedores y voluntarios humanos, confirman que la alteración bacteriana intestinal parece preceder la aparición de síntomas de ansiedad.
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Un vínculo observado en ratones y humanos
La experimentación animal sirvió como punto de partida. Primero se administró un cóctel de antibióticos a ratones adultos. Rápidamente, el análisis de su microbiota reveló un desequilibrio marcado, con una disminución notable de ciertos grupos bacterianos. Paralelamente, los investigadores midieron una caída significativa de los niveles de acetilcolina, un neurotransmisor clave, tanto en el intestino como en una región cerebral crucial, el hipocampo. Pero los investigadores también notaron rápidamente que los ratones presentaban comportamientos sugestivos de ansiedad.
La segunda parte del estudio confirmó estas observaciones en seres humanos. Se comparó a 55 pacientes que tomaban antibióticos con personas que no los utilizaban. El primer grupo reportó síntomas de ansiedad más pronunciados. Sus muestras biológicas mostraron alteraciones similares a las de los roedores: un empobrecimiento de la microbiota y una disminución de los niveles de acetilcolina en la sangre y las heces. Estos dos parámetros estaban estadísticamente correlacionados con la intensidad de la ansiedad.
Este doble enfoque establece una correlación sólida entre la exposición a antibióticos, la alteración del ecosistema intestinal y la aparición de trastornos de ansiedad. El mecanismo sospechado implica directamente la ruptura de un equilibrio biológico delicado. La reducción simultánea de bacterias del género Bacteroides y de la acetilcolina parece desempeñar un papel central en este fenómeno.
Hacia una posible vía terapéutica
Ante esta observación, los investigadores probaron una estrategia para contrarrestar estos efectos. Administraron metacolina, un derivado estable de la acetilcolina, a ratones previamente tratados con antibióticos. Esta intervención permitió atenuar sensiblemente sus comportamientos ansiosos. También redujo la activación excesiva de las células inmunitarias cerebrales, la microglía, observada en el hipocampo.
Estos resultados indican que la caída de la acetilcolina constituye un eslabón funcional en la cadena causal que vincula antibióticos y ansiedad. La posibilidad de corregir el déficit de este neurotransmisor abre una perspectiva concreta. Esto indica que las consecuencias mentales de un tratamiento antibiótico no son necesariamente irreversibles y podrían modularse.
El estudio subraya así la necesidad de una prescripción razonada de estos medicamentos, ya promovida para luchar contra la resistencia a los antibióticos. Invita a considerar la microbiota como un órgano de pleno derecho, cuya salud influye en la del cerebro. Este trabajo podría, a largo plazo, inspirar enfoques complementarios destinados a proteger o restaurar el equilibrio intestinal durante y después de un tratamiento antibiótico.
Autor del artículo: Cédric DEPOND
Fuente: Molecular Psychiatry