Nuestra grasa corporal, a menudo señalada, resulta ser en realidad indispensable para nuestro equilibrio fisiológico. Su mal funcionamiento, ya sea por exceso o por insuficiencia, puede desencadenar trastornos metabólicos comparables, como la diabetes o patologías cardíacas. Esta observación contradice la imagen negativa usualmente asociada al tejido adiposo.
Contrariamente a las ideas preconcebidas, la grasa no constituye una simple reserva pasiva. Actúa como un órgano en toda regla, contribuyendo activamente a la regulación energética y a múltiples procesos corporales fundamentales. Su acción va más allá del marco del almacenamiento, influyendo directamente en nuestro estado de salud general.
Unos científicos han descubierto un vínculo sorprendente entre el mal funcionamiento del tejido adiposo y las enfermedades metabólicas, mostrando que demasiada grasa o demasiado poca pueden perturbar el cuerpo de manera similar.
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Para profundizar en este fenómeno, unos científicos se interesaron por afecciones genéticas poco comunes, como la lipodistrofia parcial familiar de tipo 2. En estas situaciones, la grasa se distribuye de forma anormal, generando desregulaciones. Este método permite examinar los mecanismos subyacentes sin la confusión aportada por elementos externos.
El examen de modelos murinos y de muestras de pacientes permitió a los investigadores poner de relieve modificaciones sustanciales relacionadas con estas enfermedades. Estas alteraciones dificultan la capacidad de las células adiposas para almacenar y utilizar correctamente los lípidos, a la vez que provocan una reacción inflamatoria.
Las mitocondrias, encargadas de la producción de energía celular, también sufren una disminución de eficacia. Este conjunto de desregulaciones genera un entorno donde el tejido adiposo se deteriora y puede acabar atrofiándose. Los investigadores indican que esta combinación de factores conduce a una degradación progresiva del tejido, perjudicando su aptitud para cumplir sus funciones habituales.
Cuando el tejido adiposo pierde su integridad, el organismo tiene dificultades para gestionar los lípidos y secretar hormonas metabólicas importantes. Esto puede conducir a la aparición de patologías como la diabetes de tipo 2 o la esteatosis hepática. Por tanto, parece que se requiere un tejido adiposo operativo para evitar estas complicaciones, independientemente de la cantidad de grasa presente.
Fuente: The Journal of Clinical Investigation