El THC, principal molécula psicoactiva del cannabis, posee una dualidad sorprendente. Por un lado, muestra propiedades antiinflamatorias susceptibles de proteger el cerebro. Por otro, está frecuentemente asociado a trastornos de la memoria y del aprendizaje. Esta contradicción complica su uso terapéutico en patologías como la enfermedad de Alzheimer.
Para superar este obstáculo, un equipo de la Universidad de Texas en San Antonio ha explorado un enfoque innovador. Dirigidos por el profesor Chu Chen, los científicos evaluaron el efecto de una combinación que asocia una dosis baja de THC con un antiinflamatorio dirigido, el celecoxib. El objetivo es conservar las ventajas del compuesto mientras se limitan sus impactos negativos sobre la cognición.
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La inflamación representa un elemento central de este mecanismo. Una enzima llamada COX-2 está frecuentemente implicada en estos procesos inflamatorios cerebrales. La administración de THC aumenta los niveles de COX-2, lo que podría ser el origen de los problemas de memoria. Al bloquear selectivamente esta enzima con el celecoxib, los investigadores esperan atenuar estas consecuencias nocivas. Este enfoque preciso también permite evitar los riesgos cardiovasculares ligados a los inhibidores de COX-2 en dosis altas.
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Aging and Disease, estos trabajos se realizaron en ratones modelo para la enfermedad de Alzheimer. Los animales recibieron diariamente pequeñas cantidades de THC y celecoxib durante un mes. Las observaciones son alentadoras: la combinación mejoró el rendimiento cognitivo, redujo las placas de beta-amiloide y los ovillos de tau, al mismo tiempo que disminuyó los marcadores inflamatorios. Los análisis genéticos confirmaron un retorno hacia un perfil más favorable para los genes asociados a la sinapsis y a la patología.
Esta estrategia presenta una ventaja importante: ambos compuestos ya están autorizados para uso humano. El THC sintético se emplea contra las náuseas ligadas a la quimioterapia, y el celecoxib está prescrito para la artritis. Esta situación podría acelerar la puesta en marcha de ensayos clínicos, ahorrando los largos años de desarrollo habitualmente necesarios para un nuevo medicamento. Los científicos indican que este enfoque abre una vía rápida hacia aplicaciones concretas.
Los próximos pasos consistirán en examinar si esta combinación también puede ralentizar la evolución de la enfermedad o revertir los síntomas una vez que están establecidos. Un simple retraso en la aparición del Alzheimer ya tendría consecuencias mayores para los pacientes y los sistemas de salud. Los estudios futuros explorarán estas vías en modelos más avanzados.
Fuente: Aging and Disease