El truco circula regularmente: beber agua fría haría quemar calorías. El razonamiento parece simple: el organismo debe calentar el agua hasta la temperatura corporal, lo que requiere energía. El principio se basa efectivamente en un mecanismo fisiológico real, pero ¿cuál es su impacto medido?
El cuerpo humano mantiene su temperatura interna alrededor de 37 °C. Cuando una persona bebe agua a 10 °C, por ejemplo, el organismo debe compensar esta diferencia térmica y este ajuste de temperatura moviliza energía. El fenómeno se inscribe en la termorregulación, un proceso permanente que busca estabilizar el equilibrio térmico.
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El cálculo energético es relativamente simple. Calentar 500 mL de agua de 10 °C a 37 °C requiere 13.5 kcal. Esta estimación se basa en los principios termodinámicos clásicos. En comparación con las necesidades diarias medias, situadas entre 1 800 y 2 500 kcal según la edad y la actividad, este gasto sigue siendo modesto.
Conviene también distinguir el gasto relacionado con el calentamiento del agua y el asociado al metabolismo global. El cuerpo adapta permanentemente su producción de calor en función del entorno, de la alimentación y de la actividad física. El impacto calórico del agua fría sigue siendo marginal en este conjunto.
Beber agua, fría o templada, presenta por el contrario otros beneficios. Una hidratación adecuada contribuye al buen funcionamiento metabólico y a la regulación del apetito. Reemplazar bebidas azucaradas por agua permite sobre todo reducir la ingesta energética global.
Beber agua fría conlleva por tanto un ligero gasto energético relacionado con la termorregulación. Sin embargo, este gasto sigue siendo bajo y no constituye una palanca significativa para la pérdida de peso. El interés principal del agua sigue siendo su papel esencial en la hidratación y el equilibrio fisiológico.