Un equipo internacional liderado por la Universidad Curtin ha analizado un hueso de ala de pterosaurio de 113 millones de años de Brasil, conservado en tres dimensiones con trazas químicas raras. Los investigadores identificaron bacterias especializadas que desempeñaron un papel esencial en este excepcional proceso de fosilización.
Tras la muerte del animal, este se hundió hasta el fondo de un océano antiguo. Los microbios, entre ellos bacterias oxidantes de azufre, degradaron sus tejidos blandos y desencadenaron una mineralización alrededor del cuerpo. Esta reacción química, combinada con las condiciones marinas particulares, fijó la estructura ósea en los más mínimos detalles durante más de 100 millones de años.
El estudio, publicado en
iScience, marca un hito: gracias a esta conservación, se pudieron extraer esteroides del fósil. Estas hormonas revelan que el animal se alimentaba de peces o calamares. La profesora Kliti Grice, autora principal, insiste en que la conservación de estos compuestos orgánicos es excepcional. Precisa que el oxígeno, lejos de haber destruido el fósil, participó en su preservación gracias a la actividad microbiana.
Este mecanismo de preservación por microbios no es aislado; parece encontrarse en otros yacimientos fosilíferos alrededor del mundo. Los científicos incluso hablan de un nuevo tipo de depósito de conservación excepcional, denominado Lagerstätte. Los pterosaurios, primeros vertebrados que dominaron el vuelo activo, poseían huesos huecos como las aves modernas, una característica que favoreció su fosilización en condiciones ideales.
Los resultados abren perspectivas prometedoras para la paleontología molecular. Al analizar las trazas químicas dejadas por los microbios y los tejidos, los investigadores pueden reconstruir el entorno antiguo y el modo de vida de estas criaturas desaparecidas. Este enfoque preciso permite superar las limitaciones del estudio de los meros esqueletos.
Fuente: iScience