La búsqueda de vida en otros planetas se basa, a falta de algo mejor, en lo que conocemos en la Tierra. Sin embargo, esta situación podría cegarnos ante formas de vida radicalmente diferentes, limitando así nuestras posibilidades de descubrimiento.
Durante décadas, los astrónomos han analizado las atmósferas de exoplanetas en busca de gases como el oxígeno o el metano. Estas moléculas, cuando están presentes en grandes cantidades, se consideran signos potenciales de actividad biológica. No obstante, esta estrategia se basa en la suposición de que la vida extraterrestre funciona de manera similar a la nuestra. Además, procesos químicos no biológicos pueden a veces producir estos mismos gases, lo que hace que las interpretaciones sean delicadas y estén sujetas a controversias.
Para superar estas limitaciones, un equipo de investigadores dirigido por Sara Walker propone un enfoque radicalmente nuevo basado en la "Assembly Theory" (Teoría del Ensamblaje). Esta teoría, desarrollada en astrobiología, no se centra en la presencia de moléculas específicas, sino en la riqueza global de la química atmosférica. La idea es cuantificar cuán difícil es formar la diversidad de moléculas observadas, ofreciendo así un criterio más universal y menos vinculado a nuestro propio sesgo terrestre.
Cada molécula recibe un índice de ensamblaje, que corresponde al número mínimo de pasos necesarios para construirla a partir de componentes químicos simples. Las moléculas simples pueden aparecer por casualidad, pero aquellas que están muy elaboradas y requieren muchos pasos son poco probables sin un proceso de selección.
Si una atmósfera contiene una gran diversidad de moléculas con un alto índice de ensamblaje, y si estas moléculas presentan conexiones químicas estrechas, esto puede indicar la presencia de una forma de vida, o incluso de tecnología, sin presumir de su naturaleza exacta.
La aplicación de este método ha permitido a los científicos comparar la atmósfera de la Tierra con las de Venus, Marte y modelos de exoplanetas. Descubrieron que la atmósfera terrestre presenta una riqueza química muy superior, independientemente de cualquier sesgo observacional. Por ejemplo, aunque la Tierra y Venus tienen acceso a un conjunto similar de enlaces químicos, la Tierra muestra un entorno químico mucho más diversificado, probablemente gracias a su biosfera activa, lo que la distingue claramente.
El estudio de la vida en exoplanetas durante mucho tiempo se limitó a la medición absoluta de los componentes atmosféricos.
Crédito: ESA/Hubble
Este enfoque es particularmente adecuado para futuras misiones espaciales, como el Observatorio de Mundos Habitables (Habitable Worlds Observatory) de la NASA, que pretende obtener imágenes directas de planetas similares a la Tierra. En lugar de dar una respuesta binaria, la Assembly Theory proporcionaría una puntuación de riqueza química, situando a los planetas en un espectro que va de lo abiótico a lo biótico. Esto permitiría evitar interpretaciones demasiado simplistas, basándose en técnicas como la espectroscopía infrarroja ya utilizadas por los telescopios espaciales.
La Assembly Theory, al liberarse de los prejuicios terrestres, abre así el camino a una búsqueda de vida más inclusiva. Supone que el Universo, con casi catorce mil millones de años, ha podido experimentar numerosas vías químicas que conducen a la vida. Amplía considerablemente nuestros horizontes en la búsqueda de vida entre nuestros vecinos cósmicos, sin imponer un modelo único basado en nuestra propia Tierra.
Fuente: arXiv