Adrien - Viernes 16 Enero 2026

✈️ Ahora existe un riesgo no despreciable de que un desecho espacial impacte un avión de línea

¿Podría un pequeño trozo de metal venido del espacio algún día impactar un avión de línea?

Esta interrogante gana en pertinencia. Los objetos fabricados por el hombre retornan hacia la Tierra cada vez más a menudo, y algunos desechos logran atravesar la atmósfera sin consumirse completamente. Esta situación introduce una nueva forma de riesgo aéreo, modesto pero comprobado, que retiene la atención de los especialistas.

Cada semana en promedio, una etapa de cohete o un viejo satélite culmina su trayectoria en la atmósfera terrestre. La gran mayoría de estos objetos se desintegran bajo el efecto del calor y la fricción. Sin embargo, algunos fragmentos resisten y continúan su caída hacia el suelo. Estudios estadísticos, entre ellos uno publicado en 2025 en Space Safety Engineering, evalúan la existencia de una probabilidad, baja pero mesurable, de que uno de estos desechos impacte un avión. Los modelos mencionan una posibilidad entre mil de que un vuelo comercial sea alcanzado durante el año 2030.


Desechos del Starship 7 vistos desde la cabina de pilotaje de un avión de línea, en enero de 2025.


Conviene, sin embargo, situar estas cifras en relación con la inmensa densidad del tráfico aéreo mundial. Un ingeniero de la Agencia Espacial Europea recuerda que un avión puede verse afectado por partículas muy pequeñas, a imagen del peligro que representa la ceniza volcánica para los reactores. Así, la atención se dirige no solo a la probabilidad de un impacto, sino también a la gravedad potencial de tal evento, teniendo en cuenta el número de pasajeros a bordo y la vulnerabilidad de los aparatos.

El incidente relacionado con el retorno incontrolado de una etapa de cohete china Long March 5B en 2022 ilustra bien este problema. Condujo al cierre del espacio aéreo sobre España, perturbando más de trescientos vuelos. Este episodio reveló la dificultad de predecir con exactitud la trayectoria final de un objeto en perdición. Los márgenes de error permanecen importantes, pudiendo cubrir varias horas de vuelo y miles de kilómetros, lo que complica enormemente la decisión de cerrar una porción del cielo.

La mejora de las previsiones requiere un conocimiento más profundo de las capas altas de la atmósfera. Este es el objetivo de misiones como DRACO, prevista por la Agencia Espacial Europea para 2027. Esta cápsula instrumentada está diseñada para desintegrarse de manera controlada durante su reentrada, reuniendo así información valiosa sobre este fenómeno. Simultáneamente, un comité internacional que reúne a varias agencias espaciales organiza regularmente ejercicios de simulación para perfeccionar los modelos de predicción.

Una coordinación estrecha entre los gestores del tráfico aéreo y las agencias espaciales constituye otro aspecto de la respuesta. Se trata de elaborar protocolos comunes destinados a determinar a partir de qué umbral de riesgo un sector aéreo debe ser temporalmente prohibido. Organizaciones como la Organización de la Aviación Civil Internacional colaboran ya con la industria espacial en estos temas, con el objetivo de instaurar normas y procedimientos aplicables de manera uniforme en el mundo.


Los viajeros pueden estar tranquilos: la probabilidad para un individuo de ser alcanzado por este fenómeno permanece infinitesimal. Los trabajos en curso tienen por objetivo hacer este riesgo aún más marginal perfeccionando la previsión de los retornos y la gestión del tráfico aéreo. La ambición es anticipar estos eventos para permitir a los aviones evitarlos suavemente, sin que los pasajeros se den cuenta, permitiendo así la fluidez y la seguridad de los viajes.

La reentrada atmosférica de los satélites


Cuando un satélite o una etapa de cohete ya no tiene combustible, su órbita alrededor de la Tierra comienza a descender progresivamente. Este descenso resulta de la fricción, incluso ínfima, con las últimas capas de la atmósfera. Esta región, situada entre 100 y 200 kilómetros de altitud, es extremadamente tenue pero suficiente para ralentizar los objetos.

Cuanto más masivo o denso es el objeto, más tiempo tardará en consumirse. Su forma y los materiales que lo componen juegan también un papel determinante. Los paneles solares o los depósitos de aluminio se funden generalmente más rápido que las piezas de titanio o cerámica. Por eso algunos fragmentos pueden alcanzar altitudes mucho más bajas.

El cálculo de la trayectoria final resulta muy arduo. La densidad del aire a estas altitudes evoluciona constantemente con la actividad del Sol. Un ciclo solar intenso puede calentar y hinchar la atmósfera, aumentando la resistencia y acelerando la caída de los desechos. Estas variaciones imprevisibles explican los amplios márgenes de error en las previsiones.

Para seguir los grandes objetos, las agencias espaciales utilizan radares y telescopios. En cuanto a los fragmentos más pequeños, se apoyan en modelos informáticos que reproducen la desintegración. Estos modelos son constantemente perfeccionados gracias a los datos recogidos durante las reentradas observadas, lo que permite comprender mejor el destino de cada componente.

Fuente: Journal of Space Safety Engineering
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